Esa tarde el correo había cambiado su rutinaria costumbre de llegar sólo los domingos y había decidido interrumpir una sesión de lectura junto a la chimenea al señor de la casa.
Los criados, al enterarse de la llegada del correo para el señor, habían corrido escaleras arriba en tropel para preparar la habitación donde el amo trataba sus documentos. Encendieron la chimenea, cerraron las ventanas, llenaron el tintero, prepararon nuevas hojas de papel y plumas, colocaron una manta doblada sobre la silla y alumbraron la estancia con una vela.
El señor entró en la salita y revisó una de las ventanas por la cual, a través de una rendija, silbaba el viento cargado con pálidos copos de nieve. Se sentó al escritorio, se cubrió las piernas con la manta, mojó una de las plumas en tinta y la dejó en suspensión sobre una hoja de papel.
Se quedó inmerso durante unos instantes, observando la llama titilante de la vela, mientras la pluma goteaba en el papel manchas negras y redondas. La llama bailaba con su estilizado cuerpo rojo, distrayendo al hombre con su danza y hundiéndolo aún más en sus cavilaciones. Pensaba en el mensaje que había recibido aquel día: un poema anónimo.
En el poso de una botella,
que oculté tanto tiempo,
comienza a arder mi fuego
prendido por llamas de odio.
El que encendió la mecha
ahora se quemará las manos,
por no saber lo que hacía
cuando provocó mi rabia.
Conocía la razón y al autor del mismo, pero le desagradaba la idea de una confrontación. Estaba cansado de pelear por causas sin sentido y estaba harto de las personas. Así que, volvió a mojar la pluma y escribió.
Mi querido lector, tras pensar en lo que debería escribir como respuesta a tal poema, he decidido escribirme a mí mismo.
En un día tan propicio como este para sentarse al calor de la chimenea y empezar un debate conmigo mismo, mientras disfruto del paisaje nevado de la ventana, me gusta la idea de tomarme un rato para reflexionar. Ojalá pudiera escribir en una sóla hoja de papel todo lo que he aprendido a lo largo de este año, pero, simplemente, no sé. Y, aunque supiera, sería totalmente inútil, pues, al poco de escribirlo, tendría que borrar demasiadas cosas al aprender de mis errores y al tener que añadir las nuevas cosas que aprendiera, pues en eso consiste la vida, en cometer errores y en aprender, en caerse y volver a levantarse, ya que absolutamente todos nos caemos alguna vez o más de una.
Algunos tienen suerte por tener a su lado a alguien que les ayude a levantarse, otros, aún más afortunados, disfrutan de la compañía de más de una de esas personas. Otros, en cambio, se mueven entre fantasmas y reflejos engañosos. Y muchos, menos afortunados, carecen de ayuda sobre la que sostenerse. Con suerte, estos últimos aprenden a fabricarse su propio bastón y, con el tiempo, encontrar un compañero con el que compartir la carga.
Algunas personas, sin embargo, dedican su vida a encerrarse en su propio mundo, tratando de apoyarse en un bastón de su propia creación a la vez que rechazan la ayuda de los que quieren disfrutar de su compañía, que rebotan en las paredes de las fortalezas que esas personas han construído para encerrarse y acaban huyendo heridos por el rechazo.
Yo, querido yo, aunque estoy encerrado en esta casa oculta tras la espesura del bosque, no soy la clase de persona de estos últimos. He aprendido mucho, entre otras cosas, a valorar demasiado la compañía de mis seres queridos hasta el punto de crear un muro de distintas naturalezas, que mengua según quien choque con él. Es una clase de lección que no merece la pena aprender y, por tanto, no me gustaría escribirla si realizara mi compendio, pues es de lo más inútil y dañina.
Por eso, mi querido yo, me encierro aquí, en esta morada mía, con mi única compañía como amigo al que querer, intentando salvarme del duro aprendizaje de la vida porque, aunque esto es contrario de lo que he aprendido, saber y sentir no son lo mismo, y sentir es de lo que huyo, pues me ahoga el miedo a experimentar la pena.
Algún día, mi querido yo, maduraremos y podré salir y continuar mi viaje para seguir aprendiendo.
Siempre tuyo,
Yo mismo.
Dobló la carta por la mitad para guardarla en un sobre que introdujo en el bolsillo de su batín. Ese sobre lo guardaría durante mucho tiempo en un cajón de la mesilla junto a su cama, esperando el día en el que volviera a sentirse fuerte.
















Comments
hay gente peor xDDD
a mi me gusta lo que has escrito ^^
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Nada es veneno... Todo es veneno... la diferencia es la dosis...
Akatsuki's Clouds rulezzz!! >o<
Muchísimas gracias y muchísimas gracias también por comentarme siempre
que el dia 20 empieza la tortura xDDD
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Nada es veneno... Todo es veneno... la diferencia es la dosis...
Akatsuki's Clouds rulezzz!! >o<
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Nada es veneno... Todo es veneno... la diferencia es la dosis...
Akatsuki's Clouds rulezzz!! >o<
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